El virus se transmite por contacto estrecho con una persona que es portadora del virus y lo elimina a través de la piel o de las secreciones genitales. El virus entra en el organismo a través de microlesiones de la piel o de las mucosas y se multiplica en las células epiteliales del punto de entrada/contacto.
Los primeros síntomas pueden parecerse mucho a los de la gripe (malestar, febrícula, etc.), junto con picor o escozor en la zona genital. Más tarde pueden aparecer pequeñas vesículas llenas de líquido, que pueden «romperse» y convertirse en úlceras o erosiones dolorosas.
La transmisión del virus es posible incluso cuando no hay manifestaciones clínicas de la infección. Cuando alguien se contagia del virus del herpes, puede presentar síntomas días, semanas o incluso meses después del contagio.
Normalmente los síntomas mejoran por sí solos en pocos días, las lesiones se curan sin dejar cicatriz y el virus se vuelve inactivo, pero permanece en el organismo. En algunas personas el virus puede reactivarse, con una frecuencia que puede llegar a 1 episodio al mes, provocando brotes repetidos (recidivas). Esto suele ocurrir cuando bajan las defensas del organismo, pero también tras un cansancio intenso, estrés, poco antes de la menstruación, etc.
Los factores de riesgo para la transmisión del herpes genital son:
• Un número elevado de parejas sexuales
• Antecedentes personales de otras enfermedades de transmisión sexual
• El inicio de la vida sexual a una edad temprana
La administración de fármacos antivirales (aciclovir, valaciclovir, famciclovir) reduce la gravedad y la duración de los síntomas tanto en la fase inicial de la infección como en las recidivas. En caso de episodios frecuentes se recomienda un tratamiento antiviral profiláctico para reducir la frecuencia y la gravedad de las recidivas.